El 17 de mayo de 2010 descendí sobre tierras nuevas. Aeropuerto internacional reubicado con tecnología de punta, Ricardo Fort en la tele, Mujica vestido con blazer sobre la silla presidencial, una inflación del 50%, pero el Ricardito seguía a $12. Algo rascó mi oído: el "sho" del que tanto me hablaban mis amigos extranjeros. Reconozco haber perdido las eses que resuenan contra las haches. Pero aquí las Y griegas siguen siendo ese-hache. Y de pronto, como rebelación divina, las teclas de mi tablero confabularon a favor de mi antiguo dialecto: Shift + Alt, y aparecieron las eñes y los acentos. Creí que iba a morir de la emoción. Era tan sencillo como tomar y tragar, pero un poco más espeso.
Ojalá alguien hubiese dado una pista más clara de lo que se me venía encima al tocar suelo. Nadie jamás dijo que volver a casa podía ser tan raro. Cuando escribo, ignoro las eñes y las tildes (ahora ignoro si es ¨las¨o ¨los¨tildes); peor aún, pienso en otro idioma, y en inglés. Me pregunto si alguien entiende lo que digo. Todos se sonríen. Cuando lo hacen, les miro los dientes frontales. Me molestan si los labios quedan encimados sobre ellos cuando me preguntan cómo me fue.
Pues me fue muy bien. Ha sido la mejor experiencia de mi vida.
¿En serio?
Sí.
Tenés un acento raro.
Y yo bajo la cabeza, no por vergüenza, ni por humildad, si no porque esperaba que los labios se bajaran de sus dientes. El segundo tenés-un-acento-raro-de-verdad me ha parecido menos agobiante.
Ha pasado el tiempo hasta que logré reubicar mis dedos sobre este teclado sin prejucio, sin demora, para escribir lo que me pasa por la cabeza después de JUNIATA. Las eñes siempre estuvieron, fui yo quien cambió, y punto.
PD: el río siempre renueva las aguas. En la foto, panorámica de las Cataratas del NIágara en mi último viaje en USA
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