sábado, 5 de noviembre de 2011

Montevideanos

Ayer me encontré a mí misma rodeada de gente húmeda. Quiero decir, mojada. Hora pico en Avenida Dieciocho de Julio, hora de salida del trabajo. Miré con desconfianza la sonrisa del vendedor de paraguas. Me alejé tan pronto como pude. Me resigné a caminar sin paraguas, esquivando las baldosas flojas y las bocacalles. Creo que me he vuelto experta en esto, no sólo en esquivar zonas de colapso, sino en observar al montevideano. No puedo pensar en un orden concreto para describirlo, pero intentaré disparar un orden lógico.

Cuando llueve, el montevideano se moja porque:

0. Aunque lleve paraguas, las baldosas flojas se encargarán de embarrarle hasta la cintura.
1. Le gusta sentir como la lluvia rueda en su cara -aquí imagino un espíritu salvaje, una cara concentrada en llegar a la esquina de Arenal Grande antes de que el último coche cruce en luz roja-.
2. No estamos en Londres y no llueve todo el tiempo, así que se toma como un fenómeno de divina bendición -conozco gente que se queja del clima, todos ellos uruguayos, no sólo montevideanos.
3. No le gusta llevar paraguas al trabajo -Uno espera que alguien haya olvidado el suyo en la recepción y que podrá tomarlo de comodín.
4. La lluvia resulta ser un producto sustituto de la tina o bañera -ahorrar es inherente a la especie humana.
5. El maldito viento de Montevideo rompió todos sus paraguas -ya no los hacen como antes.
6. Simplemente, uno no cree en el servicio metereológico y, aunque le diga que habrá alerta naranja, roja o violeta, no se aventura a ser precavido.
7. Sufre del síndrome montevideano: aunque el cielo esté gris y se avecine una tormenta, uno no le presta atención.
8. Como el clima en Uruguay es lo suficientemente húmedo, no siente la diferencia.
9. ¿Alguien escuchó ese chiste que tienen todos los extranjeros? Ese que dice "¿Por qué no llueve en Uruguay? Porque está "abajo" de Paraguay..." Tal vez haya ilusos que se lo han creído, no sé, pero es una teoría.

Saquen sus propias conclusiones.

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